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Lo que va de ayer a hoy
Manuel Parra Celaya

 

 

Ser buen español al uso parlamentario es fácil cosa: basta con cruzarse de brazos y dejar que España se hunda al son de retruécanos; mientras que para ser buen español a secas se necesita ser héroe.

¿Nos suenan a cosa de hoy estas palabras? ¿A que parecen haber sido escritas para la coyuntura por la que estamos pasando? Sin embargo, tienen más de cien años de antigüedad, y su autor -presidido por ese imperativo poético constante en un estilo español de entender la vida- es el poeta Joan Maragall en su artículo La Patria nueva.

Hoy en día, los retruécanos parlamentarios son escasamente imaginativos y creativos; alejados de cualquier impronta para una oratoria insigne, se inscriben unos exclusivamente en la frialdad del lenguaje jurírico-administrativo; otros, en la vulgaridad del habla más coloquial e incorrecta, e incluso algunos en la chabacanería o en la grosería que impone la demagogia.

La cuestión es que llevamos décadas en que se ha hecho omisión -cuando no burla o menosprecio- de la heroicidad que, para el poeta catalán, se precisaba para ser buen español; curiosamente, con una reiterada invocación a la democracia, se ha construido una sociedad en la que una auténtica vida democrática, esto es, interesada y participativa en los problemas de la res pública, ha sido prácticamente nula o limitada al ejercicio de depositar una papeleta en la urna cada cierto tiempo.

Ha bastado que, en uno o en varios de los rincones de la nación, se propulsaran proyectos ilusionantes -e ilusorios, falaces y disgregadores- para que amplios sectores de población se pusieran en movimiento. Y entonces sí, por reacción otros amplísimos sectores -la mejor parte de la sociedad española, catalana o no catalana- también se ha movido, despertada de un largo letargo, para contestar a los primeros: la evidencia de un peligro separatista ha servido para un renacer del patriotismo español, heroico en muchos casos por tener que sufrir la presión del qué dirán de su entorno.

Vamos a examinar ambos fenómenos -el unitario o lealista y el disgregador, para intentar establecer el panorama y sus posibles alcances.

El primero, el del renacer del patriotismo, se mueve, en frase tópica, a pie de calle, pero encuentra escasos ecos en lo que Maragall llamó el uso parlamentario: cuando aquí se invoca la unidad nacional como idea suprema, aquí se responde con estrictas invocaciones a la legalidad constitucional; cuando allí se muestra apasionamiento, grito y canción, aquí se contesta con mesuras y proporcionalidades, cuando no con el silencio; cuando allí se está pidiendo un proyecto atractivo de vida en común, aquí se responde con razones jurídicas, con estadísticas y tantos por ciento macroeconómicos. Parece que exista un propósito implícito de congelar las emociones y que la predisposición popular a su bandera vuelva a quedar reducida al ámbito de lo deportivo.

Al segundo, el no apagado clamor de la secesión y el particularismo nacionalista, se le proporcionan, de nuevo por omisión, nuevos motivos, incentivos y refuerzos para su enrocamiento, sin intentar ni por asomo reconducirlo y aprovechar su fuerza ciega para mejores empresas.

No es caer en el anacronismo un estudio de la evolución del catalanismo desde sus primeros pasos al comienzo del siglo XX -momento del artículo de Maragall- a estos momentos de principios del siglo XXI: en aquel momento lejano la disyuntiva que se le presentaba era incorporarse a un regeneracionismo español o refugiarse en sus casillas de insolidaridad y distancia del resto de España. Ganó tristemente la segunda opción.

Ahora, nos podríamos formular la pregunta de si es posible volver a establecer ese dilema; para poder hacerlo con realismo, sería necesaria la existencia de un nuevo regeneracionismo nacional, en aquellos tiempos ninguneado por los políticos de la Primera Restauración y hoy casi proscrito por los de la Segunda.

Sin embargo, nuestra patria precia de una profunda regeneración, que va mucho más allá de una presunta reforma constitucional; son muchos los problemas, presididos por uno esencial, en expresión casi legendaria: nacionalizar España. Acaso este proyecto exija una profunda revisión de conceptos, elevados a la categoría de dogma desde la Transición; acaso lo urgente sea la falta de autenticidad democrática, que el trabajo sea de verdad un derecho y un deber, que se establezcan unas bases axiológicas indiscutibles para los supuestos consensos, que se produzca el reencuentro con el profundo ser de España… No es el menor cuestionarse la propia existencia y definición del Estado de las Autonomías.

Si se llegara a esos planteamientos regeneracionistas, quizás entonces para el sector todavía seducido por el secesionismo se cumplirían otras palabras del mismo artículo de Joan Maragall con que se abrían estas líneas: El catalanismo, para ser españolismo, ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor: vencerse a sí mismo. Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.

Porque ese ensueño -ver en Cataluña una gran misión, seguía nuestro poeta- se integraría en la realidad de participar en una gran misión llamada España.