19 de junio 2010: Encuentro en Covaleda

 

   

La Hermandad de Antiguos miembros del Frente de Juventudes de Barcelona organizó este año el encuentro en Covaleda. Más de un centenar de asistentes venidos de toda España, acudieron al mismo, en el antiguo emplazamiento del "Campamento Nacional Francisco Franco" de mandos del Frente de Juventudes, en el Raso de la Nava, para dar testimonio común de lealtad y fidelidad a nuestra Patria.

   

 

 
     
 
     
 
     
 
     
 
     
 
     
 

Reportaje fotográfico: Ricardo Lamarca

Palabras de Jaime Suárez

Camaradas:

Unas palabras antes de clausurar este encuentro al que hemos sido convocados por la Hermandad de Antiguos miembros del Frente de Juventudes, de Barcelona, cuya llamada nos ha congregado aquí a más de un centenar de veteranos, y sus familias, venidos de toda España.

Ante todo, esta pregunta: ¿por qué y para qué, nos hemos reunido hoy aquí?  En primer lugar, ¿por qué este Encuentro en Covaleda, hoy, un años más? Mi respuesta es bien concreta: nos reunimos, hoy aquí, y precisamente en Covaleda, por tres motivos: 1º. Porque todos los que hemos respondido a la llamada de Barcelona, y hoy estamos aquí, tenemos un mismo pasado común. 2º. Porque este pasado nuestro común, consiste en que todos y cada uno de nosotros, aprendimos a profesar una misma fe en una misma España; la España que recibió aquí, precisamente aquí, en este rincón hoy olvidado y proscrito, su máximo culto. Covaleda, en efecto, fue nuestro Altar Mayor de la Patria, y lo fue para miles y miles de españoles que aprendimos en los campamentos de Juventudes a amar a España, en su unidad, su grandeza y su libertad. 3º. También estamos hoy aquí porque, además de unirnos nuestro pasado, nos une nuestro presente en la memoria de ese pasado, del que no nos arrepentimos ni nos olvidamos. Y por ello, queremos y podemos, bajo el flamear al viento de nuestras viejas banderas, dar testimonio de nuestra lealtad y fidelidad.

Pero estos tres motivos de nuestra presencia, tres motivos rotundos y claros, no son suficientes para dar razón de nuestra respuesta a esta convocatoria. Si todo fuera a quedar en la nostalgia y la melancolía de una mera reunión de viejos camaradas para pasar un rato juntos y poder darnos, un año más, un fuerte abrazo, en verdad que a nuestra edad no merecería el esfuerzo de desplazarnos tantos kilómetros desde nuestras respectivas tierras. Y esta es la cuestión. Ya sabemos por qué estamos aquí. Pero ¿para qué hemos venido, una vez más, hasta Covaleda? Mi respuesta, que espero que sea la de todos, es la siguiente: estamos aquí para afirmarnos, un año más, en que no nos consideramos jubilados como españoles y en que nada ni nadie nos va a licenciar nunca de nuestra vocación de servicio a España. No nos basta, no puede ser suficiente, el que estemos orgullosos de ese pasado común, cuya memoria, siempre viva en nosotros, nos permite mantenernos todavía en pie, pues es ese mismo pasado el que nos exige perseverar y continuar en nuestro compromiso de servicio y sacrificio, que ha sido siempre la razón de nuestra vida, sin que hayamos ganado todavía nuestro derecho al descanso.

Y esta es la razón, por lo tanto, del para qué hayamos venido hoy hasta aquí: para confirmarnos todos, mirándonos, unos a otros, fijo a los ojos, que nos mantenemos en nuestra creencia de que la Patria es un continuo quehacer de amor y, confirmarnos también, en nuestra voluntad de que nuestra tarea, nuestra aportación a ese quehacer, aún no ha terminado. Amamos a España, como se nos enseñó aquí y en centenares de sitios como éste, con amor de perfección. La amamos, como se nos enseñó, porque no nos gusta. Y se nos añadió: no importa que el escalpelo haga sangre, lo que importa es que obedezca a una ley de amor. ¿Y nos gusta España? No. España sigue sin gustarnos. Y hoy, para desgracia nuestra, de nuestros hijos y de nuestros nietos, nos gusta todavía menos que nunca.

Un lema nuestro reza así: Por el Pan, la Patria y la Justicia. Empecemos por el Pan. Hemos comido en hermandad hoy aquí. Y hemos comido bien. Muy bien. Gracias a catalanes, riojanos y vascos. Gracias. Pero, ¿podemos decir lo mismo de todos los españoles? No. En nuestra Patria, con más de cuatro millones y medio de hombres y mujeres sin trabajo, no todos nuestros compatriotas habrán podido comer hoy. Y, desde luego, muchos de los otros no tan bien como nosotros. ¿Y cómo hemos podido llegar a esta situación? Algunos de los que hoy estamos aquí, hemos servido a España en la economía real, en el mundo de la empresa; y sabemos, en carne propia, que una cosa es predicar y otra, muy distinta, es dar trigo. Muchos de los que hoy estamos aquí, años más arriba o años más abajo, pertenecemos a una misma generación, la de los llamados “niños de la guerra”. Pues bien, nosotros heredamos una España, con su honor recuperado por nuestros hermanos mayores en las trincheras, pero destrozada por tres años de cainita contienda. ¿Y qué hicimos? Pues mantener el honor, una vez que ya había sido recuperado y, además, recuperar también el Pan para todos los españoles. Yo, en concreto, y perdonad esta auto-referencia, pero soy el hombre que tengo más a mano, de lo que estoy más orgulloso de mi vida empresarial es de haber contribuido directamente a la creación de más de cuatro mil puestos de trabajo. Y ¿qué ha sido de esa España, pacífica, laboriosa, en pleno desarrollo, creadora, por fin, de nuestra clase media, siempre tan necesaria, y más en España, cuya falta secular fue la causa de nuestros desgraciados siglo XIX y tres cuartas partes de nuestro siglo XX? Sí. Los hombres y mujeres de mi generación recibimos una España destrozada, y con nuestro esfuerzo, sudor, sangre y lágrimas, hombro con hombro con nuestros hermanos mayores, supimos izar a España hasta el séptimo puesto de la economía mundial. Y, ¿dónde estamos hoy? Nos daríamos con un canto en los dientes si pudiéramos decir que seguimos contando todavía entre las primeras veinte potencias económicas. Han bastado los últimos seis años para deshacer el logro del esfuerzo de más de cuatro generaciones españolas. Nos enseñaron que España era el problema y Europa la solución. Y, hoy, Europa cree que España es para ella su problema. Y nos encuadran entre los “pigs”, palabra en la que somos la “s”. Hasta ahí nos han traído. Y hasta ahí nos hemos dejado llevar.

Esto en cuanto al Pan. Pero no se trata de un problema sólo económico. Se nos dijo, y así lo aprendimos también, que no sólo de pan vive en hombre. Ya nos han dejado sin el Pan. Pero ¿y la Patria? ¿Qué ha sido de nuestra Patria? ¿Qué han hecho de España, si a esto que todavía nos queda podemos seguirlo llamando así? Aquí estáis, hombres y mujeres, venidos de Cataluña y de las Vascongadas. A vosotros no hay que explicaros nada. Sois testigos heroicos de que en vuestras tierras, en unos sitios más y en otros menos, pero en todos en forma absolutamente intolerable, España está prohibida. Y el español, proscrito. Apenas existe, en vuestras tierras, el Estado Español en camino acelerado de dejar de existir del todo. ¿Cómo ha sido esto posible? España es para nosotros una realidad, pero una realidad no sensible, no perceptible a través de los sentidos. Por eso José Antonio habló de la eterna metafísica de España. Creemos en la suprema realidad de España. Pero esa realidad no consiste sólo en un país, ni en un paisaje, ni en un paisanaje. España no es sólo su territorio, ni tampoco sólo su población. España es, sobre todo, un quehacer, una misión, una tarea en el mundo. Como se nos dijo con palabras inmortales: España es una unidad de destino en lo universal. Y ¿cuál es, hoy, nuestro destino? ¿Quién lo sabe? ¿Habremos de quedarnos, ya para siempre en la triste y dolorosa condición de meros habitantes de una nación “discutida y discutible”? Y ¿qué ha sido de nuestra unidad? En grave peligro, sabemos que la pérdida de nuestra unidad, significará, además, la de de nuestra grandeza, imposible de recuperar ya, y, sobre todo, la de nuestra libertad.

Dentro de unos días, camino de nuestra VIII Escuela de Verano, este año a celebrar en La Rioja, pararemos en Torrecilla en Cameros, muy cerca de aquí, que fue la Patria chica de don Práxedes Sagasta, el español al que le tocó la triste tarea de gobernarnos en una de las horas más amargas de España y que fue el autor de una de las frases acuñadas como diagnóstico exacto de su época: “España sin pulso”. ¿Estamos repitiendo, ahora, esa página de nuestra más lamentable historia? ¿Vamos derechos a otra catástrofe como la del Desastre del 98? ¿Qué han hecho, camaradas, con nuestra España? En la hora de nuestro relevo, en la transición, entregamos una España una, grande y libre. ¿Qué ha sido de esa España? ¿Qué queda de ella? La inauguración del Museo del Ejército en Toledo queda, ahora, pospuesta por un trámite parlamentario. Como si no bastara ya que en el nuevo Museo, en el Alcázar de Toledo, haya quedado silenciada la memoria de una de las páginas más gloriosas de nuestra historia: la de su asedio. En la pasada fiesta del Corpus Christi he sido testigo de cómo una compañía de voluntarios de la Academia de Infantería ha desfilado sin poder ser presidida por la bandera de España y su banda de música no ha podido rendir los máximos honores militares a Dios.

Recuerdo ahora una lección de Ciencias Naturales en mis estudios de bachillerato. Existe una avispa que necesita que las larvas nacidas de sus huevos tengan carne fresca para alimentarse en los primeros días de su vida. Para ello, la avispa con una precisión que ya quisiera el mejor de nuestros cirujanos, clava su aguijón en un lugar exacto de su víctima, que queda viva pero inmovilizada, dejándola indefensa y paralizada hasta que las larvas, una vez nacidas, la van devorando poco a poco. Pues esto, camaradas, es lo que nos está sucediendo. Estamos asistiendo a una operación diabólica. Y he dicho bien, diabólica porque el diablo existe. España está paralizada, inmóvil, indefensa, y asiste indiferente al proceso acelerado de la destrucción de su misión en lo universal. Todos los vertebrados tenemos protegida nuestra médula, de la que depende todo nuestro sistema nervioso, por nuestra columna vertebral. España ya tiene rota su columna vertebral, que es nuestro Ejército; y, ahora, nuestra médula, ya desprotegida es sistemáticamente sometida a su destrucción. ¿Qué otra cosa significa la pérdida de nuestra conciencia nacional? ¿Qué otra cosa significa la laminación del concepto cristiano de familia? ¿Qué otra cosa significa la ley del aborto? ¿Qué otra cosa significa la homologación como matrimonio de la unión de personas del mismo sexo? ¿Qué otra cosa significa la educación para la ciudadanía? ¿Qué otra cosa significa la inmersión de nuestra infancia en eso que llaman educación de la sexualidad y que no es más que burda y barata pornografía? De lo que se trata es de anestesiar a nuestra juventud, llevándola del sexo al botellón y del botellón al sexo. Y así quedará España viva, pero paralítica, desmedulada, con su columna vertebral rota, lista, una vez indefensa para ser sometida a su definitiva descristianización.

Antes os he dicho que no todo es Pan. Pensar lo contrario, que no hay más que pan, nos llevaría al más brutal de los materialismos; ahora ampliado al añadir al pan, el sexo. Y esto es la consecuencia de la nueva concepción, cada vez mas extendida gracias a la nueva educación, sobre el más allá. Porque, camaradas, no nos equivoquemos: todo depende de lo que se crea en cuanto al más allá, de lo que creamos qué existe después de la muerte. ¿Hay algo después? ¿Termina todo con el fin de nuestra existencia aquí? Al morir ¿morimos del todo? ¿Nos vamos de esta vida terrenal como los perros? Pues si morimos como los perros ¿porqué no hemos de vivir como los perros? Si sólo somos un animal, por mucho que nos llenemos la boca matizando que, eso sí, somos un animal pero racional, lo importante será siempre nuestra animalidad debiendo poner nuestra razón a su servicio. ¡Qué pena que el hombre haya necesitado millones de años para ponerse de pie y poder caminar erecto, y así mirar cara a cara al cielo, y ahora en pocos años, algunos malos españoles hayan puesto todo su empeño en hacernos vivir como si todavía anduviéramos a cuatro patas y sólo pudiéramos volviendo a mirar al suelo, al barro, de donde ya nos sacó Dios!

Por último, además del Pan y de la Patria, existe la Justicia. ¿Y qué pasa con la Justicia? Yo no voy a llorar más ni tampoco pretendo haceros llorar a todos con tanto lamento. Pero permitidme que, en cuanto a la Justicia, os haga una simple consideración. Un Estado que después de más de tres años tiene pendiente de resolver un recurso en el Tribunal Constitucional del que depende su supervivencia, es un Estado que no merece su existencia y que confirma cada día su suicidio jurídico. Y todo ello, ante la general indiferencia de un país al que ya no le importa nada. Hemos perdido el Pan, la Patria y, ahora, la Justicia. Todo a causa de que antes hemos empezado por perder la vergüenza nacional. En cualquier otro país, ante esta situación, se habrían rebelado hasta las piedras. Recordad el caso de la avispa. Con esta gente, España no merece el honor de seguir existiendo como Patria única y común, sugestivo proyecto para todos los españoles.

Y esto lo decimos aquí. En esta Covaleda nuestra. Para nosotros, Altar Mayor de la Patria, donde fuimos educados en el más alto servicio a España. Antes he dicho que aquí no hemos venido a llorar, ni nos podemos ir de aquí llorando por tanta desgracia, tanta pena y tanta tristeza. Nuestra jornada de hoy la hemos empezado con la Santa Misa, a continuación de izar nuestras banderas. A punto de perder el Pan, la Patria y la Justicia, nos queda, y nos quedará siempre, eterno y supremo, sólo Dios. El 31 de diciembre de 1936, en el último día del año y de su vida, don Miguel de Unamuno, en su Salamanca, era visitado por el falangista Bartolomé Aragón que se quejaba de que Dios había abandonado a España. Y las últimas palabras de don Miguel, antes de expirar, fueron éstas: “Dios no puede abandonar a España”. Si estamos a punto de perder el Pan, la Patria y la Justicia, el remedio no son los lamentos. Ya os he dicho que nos queda Dios. Pero a Dios rogando y con el mazo dando. Lo que toca ahora es resistir, no entregarnos, aguantar y luchar, cerrar nuestras filas. Procurar nuestra unidad, y trabajar, trabajar y trabajar, siempre trabajar, y siempre al servicio de España. Como nos enseñaron y hemos hecho desde nuestra infancia. No nos resignamos a ser los últimos de Filipinas. Por eso nos negamos a declararnos jubilados. Antes he recordado la epopeya del Alcázar de Toledo, que resistió y aguantó en condiciones mucho más penosas que las nuestras. Ellos no lloraron, no se lamentaron, simplemente lucharon y no se rindieron. Tampoco, nosotros. La lección del Covaleda de nuestra Juventud, permanece en nosotros. Ahora, volvamos cada uno a nuestras tierras y pensemos que nunca estaremos solos. Dios con nosotros ya somos mayoría. Explicad a todos, oportuna e inoportunamente, que aquí en Covaleda habéis podido comprobar que hay motivos para mantener la fe y conservar la esperanza. Yo he tenido un sueño. Estábamos aquí, tal día como hoy y, de pronto, entre nosotros se nos apareció nuestro Capitán, José Antonio. Y yo, firme, me limité a decir, como el coronel Moscardó al general Varela: ¡sin novedad en Covaleda! Nada más. ¡Arriba España!