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Aquilino Duque
Con un Cristo muerto
llegarían a comparar el barbudo cadáver del Che Guevara en Bolivia
muchos de sus admiradores. No creo que la vida del Che fuera un modelo
de imitación de Cristo; nada más lejos de sus propósitos. Quién sabe
si un punto de contrición, como dijo el poeta, dio al muerto desnudo
cierto aire al Crucificado. Grande e insondable es la divina
misericordia.
También los admiradores de José Antonio, entre los que me cuento, han
llegado a pensar más de una vez en la analogía cristiana de sus tres
años de vida pública y su muerte a la edad de treinta y tres, pero
también en este caso la imitación de Cristo fue involuntaria, por más
que aquí la fe fuera la brújula de una vida tan breve y a la víctima
se le hubiera dado la oportunidad de preparase a bien morir, de
enfrentarse a tan doloroso trance con una “decorosa conformidad”.
Lo que esa muerte y las circunstancias que la rodearon tuvieran de
ejemplo no era nada nuevo en nuestra raza y se ajustaba en todos sus
extremos a las pautas de conducta que García Morente atribuiría al
“caballero cristiano”. Para no ir más lejos, no es posible leer el
episodio nacional Montes de Oca sin recorrer con asombro y con treinta
y seis años de antelación el relato galdosiano de las últimas horas de
José Antonio Primo de Rivera, prefiguradas en las horas pasadas en
capilla por el caballeroso rebelde isabelino.
La ley: forma y contenido
Esa muerte y los tres años de vida pública que la precedieron hicieron
de José Antonio un símbolo y un mito, y es justamente para dar una
idea de la condición humana subyacente en ese mito y ese símbolo para
lo que se ha acometido la publicación de unas Obras Completas que más
bien son Obras truncadas, como la vida del que las llevó a cabo. Él
mismo, por activa y por pasiva, dejó constancia de su escasa afición a
la política, en la que entró por motivos de lealtad filial, pero ya
dijo Juan Bautista Vico, que el hombre acaba por hacer lo contrario de
lo que se propone y, si no lo contrario, algo muy distinto, y una vez
dado aquel primer paso que creía transitorio, la política lo arrastró
en un torbellino del que sólo la muerte lo pudo liberar. Y es que en
aquel “cerebro privilegiado”, como dijo Unamuno, había muchas luces,
eclipsadas por la gran llamarada de la lucha política. De su maestro
Ortega decía Corpus Barga que había querido ser muchas cosas; algo de
eso le pasaba a José Antonio, que, si hemos de juzgar por muchos de
los escritos que se exhuman ahora y otros que más o menos se conocían,
quiso ser novelista, dramaturgo, poeta, diplomático y tratadista
jurídico. La política, ya digo, cegó con sus fuegos muchos de esos
anhelos, pero no deja de ser prodigioso que habiendo muerto tan joven
hubiera dejado tanto empezado y sin acabar.
Tanto en su correspondencia como en sus escritos jurídicos, que es lo
único que no tiene carácter fragmentario, hay ideas y juicios de gran
envergadura. Cierto que muchas de esas ideas las desarrollaría en
artículos y discursos, y hay una en particular de gran importancia en
la que establece la diferencia que existe entre la forma y el
contenido de la ley. La ley era para Santo Tomás la ordenación de la
razón al bien común por aquél que tiene a su cargo el cuidado de la
comunidad; para Rousseau en cambio era la expresión de la voluntad
general, es decir de la voluntad de la mayoría triunfante a la que se
ha de someter la minoría derrotada. Para éstos, es decir, los
demócratas, lo importante de la ley no es la ley en sí, sino el
procedimiento por el que se promulga; para los otros, desde los
tomistas a positivistas como Ihering, lo importante de la ley es el
bien de la comunidad, que raras veces se reduce a los voceros de la
“voluntad general”. Huelga decir de qué lado se inclinaba José
Antonio. El sueño de Rousseau fue como el del aguafuerte de Goya, un
sueño que produce monstruos, y de esa teratología onírica no se libran
los regímenes del color que sea que dan la espalda al derecho natural
y a los valores humanos, que son los de la persona, distintos muchas
veces y aun opuestos a los derechos “del hombre”, también llamados en
su día “del ciudadano”. Un ejemplo, aplicable tanto a regímenes
totalitarios como parlamentarios, es aquél de que el derecho al aborto
puede ser un derecho humano que choca con un derecho natural por
excelencia: el derecho a nacer.
Actualidad de su pensamiento
Al conmemorarse el centenario de José Antonio, yo hablé en público de
la actualidad de su pensamiento, es decir, de la crítica que le
merecía una coyuntura política en la que el sistema actual ha vuelto a
sumir a nuestra patria, y esas críticas ante la degeneración
republicana eran tan válidas como las de los hombres del 98, otros
fantasmas incómodos para la situación actual, ante la decadencia de la
Restauración. En esta coyuntura se disputan el poder dos facciones
vueltas al pasado: una, a los “años bobos” (que dijo Galdós) del
“zurcido canovista” (que decía Laín); otra, a los años lilas del
desgarrón republicano. Ambas facciones tienen que habérselas con un
tercero en discordia, auténtica bisagra del sistema, que es el
separatismo. Para hacer aceptable a este último en sociedad
democrática, la clase política lo denomina con el eufemismo de
“independentismo” aun cuando muestre los colmillos, pero cuando saca
las garras, lo llama “terrorismo”.
Llamamos terrorismo a la violencia cuando la ejercen nuestros
enemigos, pero cuando la ejercen nuestros amigos lo llamamos protesta
armada, resistencia, lucha callejera, guerra de partidas o simplemente
guerrilla. La guerrilla, la guerra de guerrillas, es un invento
español del que no estoy muy seguro del que debamos estar muy
orgullosos, por mucho que naciera al calor del alzamiento nacional
contra Napoleón, y es que la guerrilla es la guerra del débil y del
cobarde, del que carece de fuerzas para hacer la guerra y recurre a la
emboscada, a la sorpresa, al puro y simple bandolerismo. Esa guerrilla
siempre ha gozado de buena prensa y buen cine, desde la segunda guerra
mundial a las guerras descolonizadoras y revolucionarias de Argelia,
Indochina y demás. Yo no veo la diferencia entre los actos de
piratería antiespañola o de sabotaje antialemán que nos contaba
Hollywood o las proezas de argelinos y vietnamitas, y lo que ahora
pasa en Kabul, en Jerusalén, en Bagdad o en cualquier lugar de España
cuando la llamada “izquierda abertzale” decide pasar a la acción. De
todos modos, por mucho que la democracia llame terrorismo a estas
acciones, lo que más castiga no es la violencia en sí, sino la
reacción ante la violencia, y me remito al Cono Sur del continente
americano. Por otra parte, los demócratas no distinguen entre
“terrorismo” y “fascismo”, de suerte que califican sin inmutarse de
fascistas a los que ejercen la violencia en nombre precisamente del
antifascismo, del mismo modo que llaman “terrorismo” a lo que cuando
les conviene llaman “resistencia”.
Fascismo y socialismo
Nadie mejor que José Antonio nos puede aclarar las ideas a este
respecto, y pie para ello le dio tanto un liberal como Juan Ignacio
Luca de Tena como un socialista como Indalecio Prieto. José Antonio le
escribe a Luca de Tena en marzo de 1933: “El fascismo no es una
táctica –la violencia-. Es una idea –la unidad-. Frente al marxismo,
que afirma como dogma la lucha de clases, y frente al liberalismo, que
sostiene como mecánica la lucha de partidos, el fascismo sostiene que
hay algo sobre los partidos y sobre las clases, algo de naturaleza
permanente, trascendente, suprema: la unidad histórica llamada
Patria”. A Prieto se dirige en un discurso parlamentario de julio de
1934: “…la gente, poco propicia a hacer distinciones delicadas, nos
echa encima todos los atributos del fascismo, sin ver que nosotros
sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias de valor permanente
que también habéis asumido vosotros, los que llaman los hombres del
bienio; porque lo que caracteriza al período de vuestro Gobierno es
que, en vez de tomar la actitud liberal bobalicona de que al Estado le
da todo lo mismo, de que el Estado puede estar con los brazos cruzados
en todos los momentos a ver cuál trepa mejor a la cucaña y se lleva el
premio contra el Estado mismo; vosotros tenéis un sentido del Estado
que imponéis enérgicamente. Ese sentido del Estado, ese sentido de
creer que el Estado tiene algo que hacer y algo que creer, es lo que
tiene de contenido permanente el fascismo, y eso puede muy bien
desligarse de todos los alifafes, de todos los accidentes y de todas
las galanuras del fascismo, en el cual hay unos que me gustan y otros
que no me gustan nada.”
A primera vista, cabría pensar que fascismo y socialismo son
intercambiables, pero no es así, pues aunque tuvieran en común el
sentido del Estado, los enfrentaba la idea de la Patria, sobre todo en
unos tiempos de predominio de las Internacionales. Y esa idea de la
Patria como unidad histórica era una idea que José Antonio tenía muy
clara y que definió en más de una ocasión, una de ellas en la carta
citada al marqués de Luca de Tena en la que decía: “La Patria… no es
meramente el territorio donde se despedazan – aunque sólo sea con las
armas de la injuria– varios partidos rivales ganosos todos del Poder.
Ni el campo indiferente en que se desarrolla la eterna pugna entre la
burguesía, que trata de explotar a un proletariado, y un proletariado,
que trata de tiranizar a una burguesía. Sino la unidad de todos al
servicio de una misión histórica, de un supremo destino común, que
asigna a cada cual su tarea, sus derechos y sus sacrificios.”
Ahora que por desgracia contemplamos los estragos que hace en nuestra
Patria el desarrollo “sin traumas” del “espíritu de la Transición”,
desde la pachanga de las autonomías hasta el vilipendio de lo más
sagrado y la exaltación de lo más abyecto, nadie que conserve un
adarme de decoro puede dudar del acierto con que describe José Antonio
al Estado liberal: “El Estado liberal no cree en nada, ni siquiera en
sí propio. Asiste con los brazos cruzados a todo género de
experimentos, incluso a los encaminados a la destrucción del Estado
mismo. Le basta con que todo se desarrolle según ciertos trámites
reglamentarios. Por ejemplo, para un criterio liberal, puede
predicarse la inmoralidad, el antipatriotismo, la rebelión… Un Estado
para el que nada es verdad sólo erige en absoluta, indiscutible
verdad, esa posición de duda. Hace dogma del antidogma. De ahí que los
liberales estén dispuestos a dejarse matar por sostener que ninguna
idea vale la pena de que los hombres se maten.”
Pero José Antonio va más allá cuando dice: “Para encender una fe, no
de derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo
injusto), ni de izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo,
hasta lo bueno), sino una fe colectiva, integradora, nacional, ha
nacido el fascismo.” De hecho, una de las interpretaciones negativas
del fascismo propiamente dicho, que es el italiano, consiste en decir
que es el inveramento, la culminación de todo lo que arrastraba el
Risorgimento. El Risorgimento arrastraba toda la escoria del
romanticismo político, de la masonería liberal, pero también satisfizo
el anhelo de los italianos de tener un Estado y una Patria común.
Si esto es fascismo, y desde luego lo era según José Antonio, nuestra
inane e inculta clase política y periodística tributa un inmerecido
homenaje a la barbarie separatista, que lucha por romper una gran
nación, cada vez que la acusa de “fascista”.
No quisiera yo, sin embargo, incurrir en la simplificación de
despachar a José Antonio con la etiqueta de “fascista”, pues haría en
primer lugar un flaco servicio a los recopiladores de estas Obras
Completas, que han querido en lo posible abstraer al hombre de su
circunstancia. Pero esta circunstancia pesa demasiado en el debe o el
haber, según se mire, de una vida tan breve y en la que quedaron
truncadas muchas ambiciones y muchos propósitos suyos que muy poco
tenían que ver con la vida política. Si es cierto, como decía su amigo
Ridruejo, que la Falange empezaba y terminaba en él, hay que concluir
que la Falange tuvo poco de fascista o bien que lo que de tal tuviera
empezaba y acababa en José Antonio. El hecho es que la muerte fue su
supremo acto de servicio, pues suministró al régimen que sobrevino una
retórica, una dialéctica y una doctrina social. Todo esto se esfumó
también con el tramonto de ese régimen, pero lo que no pudo ni podrá
disiparse es la lección moral, la agudeza crítica, la pasión
histórica, la voluntad de estilo, el ejemplo humano de que estos
escritos incompletos son testimonio fehaciente. |
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José
Manuel Cansino1
BUSCANDO LA PALABRA ESCRITA. ENTRE EL HUECO DEL AUSENTE Y EL SANEDRÍN
DISCUTIDO.
1.- LOS TRES PILARES DEL MESIANISMO.
La eficacia de los movimientos mesiánicos depende, sucesivamente, de
tres pilares:
- Primero y principal, de la palabra del propio Mesías. En vida,
es él quien responde a los interrogantes a los que se enfrenta su
pueblo y es su criterio el seguido para abordar cualquier suceso
novedoso.
- Desaparecido el Mesías, incapaces de acudir a su palabra viva, los
seguidores acuden en auxilio de su obra, de sus escrituras, en busca
de soluciones a los problemas inéditos. Si el asunto estuvo previsto,
posiblemente, alguna solución se arbitrase y así la palabra escrita
del Mesías, ayuda a sus seguidores.
- El problema es mayor, cuando el desafío que encara la comunidad, no
tiene parangón entre los considerados por el líder en su literalidad.
Es entonces cuando corresponde a los Sumos Sacerdotes arbitrar una
respuesta que se pretenderá indiscutida, a la comunidad política. En
el Sanedrín residirá la ortodoxia y fuera de sus límites, el resto
será herejía y ahí comenzará la catarsis.
Para muchos, José Antonio y su obra política indisociable, Falange
Española, constituyen un movimiento mesiánico de salvación nacional.
Desde esta acepción se entienden opiniones como la de Andrés Trapiello,
quien catalogó a la Falange como un expediente de urgencia en unos
momentos trágicos de la Historia de España.
Personalmente, nunca tuve a José Antonio como mesías, aunque su nombre
y su obra hayan servido de coartada a muchos pretendidos salvapatrias.
Tomando prestadas las palabras de Gallego2 (2007: 14), “escuadristas
(…) a los que bastaba un hatajo –sic- de consignas para urdir la
defensa miliciana de una España en peligro”.
Y no lo tuve de manera progresiva, esto es, cada vez que entendía más
su vida y pensamiento, así lo concluía sobre un personaje que se me
ensanchaba, incluso cuando descubría sus aristas menos edificantes,
que como todo ser falible, indudablemente las tenía.
Pocos ejemplos de dignidad encuentro, en una sociedad mayoritariamente
dimitida de sí misma, que salir al paso de la defensa del honor del
padre, del hermano, del amigo, del camarada muerto, sin voz propia ni
mano que devenga en puño en mitad de un corrillo de animales
carroñeros, que otrora disfrutaron de las prebendas del poder y luego
buscaron hacerse perdonar por el nuevo régimen, deshaciéndose en
mezquindades sobre el Jefe defenestrado.
Un mesías, no irrumpe en la Historia en demanda de la Sagrada Memoria
de los “sin voz” sino que lo hace editando una reivindicación
original, al frente de cuya lucha acaba situándose con éxito
histórico, a la postre. Por esto, sólo puede etiquetarse como tal a
José Antonio desde el argumentario ayuno de rigor.
Aún así, es innegable que una vez convertido en mito, en el César
Joven de la dedicatoria memorable del “Eugenio” de García Serrano, la
palabra de José Antonio adquiere lo que de reverencial tiene todo lo
mitológico pero también, la influencia potencial sobre un nuevo
régimen político que se revistió, al menos formalmente, con el sentido
recuerdo del ausente, con las formas de su obra política y con su
ideología.
Precisamente por esto último, la obra que hoy se presenta tiene un
trasfondo literalmente imprescindible.
- En primer lugar, por su valor intrínseco, esto es, por los destellos
de calidad literaria con los que se descuelga ocasionalmente su autor,
y no tan ocasionalmente como concluiré. También por la frescura de
buena parte de su propuesta política aún andando el tiempo.
- En segundo lugar, porque, objetivamente, se convirtieron en un marco
político con el que el régimen decidió convivir y ello desató toda una
serie de avatares que, en mi opinión, aún han sido tratados
superficialmente por la Historiografía y, mucho menos divulgados.3
2.- NACE EL AUSENTE Y SE BUSCA LA EXACTITUD DE LA PALABRA ESCRITA.
Los escritos de José Antonio, pasan inmediatamente de ser objeto
prioritario de divulgación propagandística por el Servicio de Prensa y
Propaganda de los gobiernos de Burgos y Salamanca, a materia reservada
al criterio de la censura política dicho sea esto sin ánimo
peyorativo, esto es, por una razón de mera eficacia militar –a la que
todos los actores del bando nacional deciden plegarse- los escritos de
José Antonio, devienen en un material sensible que debe cribarse.
Primero para impedir que se conociera cualquier posible reserva
explícita que el fundador de Falange hubiese mostrado contra la
rebelión militar del 17 de Julio.
En segundo lugar, para suavizar el mensaje revolucionario que en lo
social había asumido la Falange del nacional sindicalismo jonsista, de
manera que no incomodase ni a los apoyos interiores de la derecha
antirrepublicana ni a los apoyos exteriores procedentes de países
occidentales como Gran Bretaña o EEUU.
En tercer y último lugar, para que no sirvieran de impedimento al
golpe unificador dado por Franco en Abril de 1937 por la vía del punto
27 de la norma programática de FE de las JONS, receloso hasta el
extremo de todo pacto político.
Es esa tensión paradójica entre la justificación lógica de divulgar la
obra completa sobre la que se sustanciaba formalmente, la ideología
del nuevo Régimen, y la grave preocupación de la censura política
porque esta no se conociese sin el tamiz ad hocista de la necesidad
militar y la necesidad financiera, la que se extendió hasta la
llamativa decisión de 1976.4
Esta tensión entre el conocimiento exacto de una ideología
pretendidamente inspiradora de la rebelión contra el gobierno
frentepopulista y la preocupación por su adecuación al desarrollo de
la contienda, apuntan a una rápida neutralización de Falange Española
incluso en el momento en el que contaba con mayores resortes de
influencia social.5
Como vemos, la segunda opción para conocer el criterio del mesías, sus
escrituras, sus Obras Completas, tampoco ha sido, en el caso de José
Antonio, fácil, aunque vuelvo a insistir, en que tuvo mucho más de
Mito –el “ausente”, primero, el “fundador”, una vez conocido su
fusilamiento- que de mesías.
Pero con todo, lo verdaderamente grave ha sido la preeminencia de la
anécdota sobre la esencia; en definitiva, que haya levantado mucho más
interés, por ejemplo, lo que de novelesco hubo en el robo en Biarritz,
de los papeles que José Antonio escribió en la cárcel de Alicante por
parte de los Servicios Secretos del Cuartel de Franco al Secretario
General de Falange, Raimundo Fernández Cuesta, o si todos permanecían
inéditos hasta que su sobrino, y presidente de honor de la Fundación
José Antonio6 , Miguel Primo de Rivera7, los publicase bajo el sello
editorial de Plaza y Janés, que lo esencial que, en mi opinión se
nucleaba:
I.- En torno a su temor de que, finalmente, la inspiración ideológica
del nuevo régimen se limitase al criterio de la derecha española chata
y caduca, presta a la pleitesía, primero, y a la calumnia, después,
con el General Primo de Rivera, actriz no menor en la injusticia
social extendida en los años treinta del siglo XX.
II.- A su sincero deseo de detener la guerra civil mediante una
propuesta de Gobierno de Salvación Nacional8, presidido por Diego
Martínez Barrio, del que el propio José Antonio se autoexcluía y en el
que tampoco figuraban ninguno de los líderes falangistas, término –el
de líderes- que considero más descriptivo que el de “corte” que usan
los hermanos Carbajosa para referirse a los literatos de la Falange.9
3.- LA INEXISTENCIA DE UN SANEDRÍN INDISCUTIDO.
Cuando las respuestas no están en las escrituras, hay que buscarlas en
la opinión ortodoxa de los Sumos Sacerdotes.
El purismo joseantoniano tuvo muchos reivindicadores que, en general,
exigieron tal distinción para sí, con vocación excluyente.
Desde el Estado, fue el Instituto de Estudios Políticos el llamado a
desarrollar la obra política del ausente. Su perfil editorial ha
permitido a la historiografía ocuparse más largamente de esta
Institución pero en su eficacia al servicio del pensamiento
joseantoniano queda retratado al no ser capaz de compilar de manera
solvente y motu propio unas OOCC hasta 1976, año en el que
inmediatamente fueron casi destruidas por la inteligencia del nuevo
régimen, preñada del adanismo político que salpica a todo fundador que
se sienta tal.
La legitimidad también se pretendió por la vía de la consaguinidad
carnal y política en la figura de su hermana Pilar y en la Sección
Femenina de FET y de las JONS, y hay que reconocer que con sus luces y
sus sombras, fueron más eficaces en la labor editorial de las OOCC que
el aparato estatal del Instituto de Estudios Políticos, a pesar de
sucumbir al argumento del servicio al Estado como acabaremos
recordando.
Por último, fue también la Vieja Guardia demandante de su papel como
Sanedrín sin que su legitimidad histórica fuese capaz de sobreponerse
a una deriva sentimental en la que finalmente acabó.
4.- EL LARGO CAMINO HASTA LA PALABRA EXACTA.
Sin marca de Sanedrín indiscutida, el rastreo de la pureza doctrinal
quedó en manos de joseantonianos que, a título individual y de su
propio pecunio, acabaron asumiendo el reto recopilatorio de las OOCC.
El adjetivo de completas fue, sin embargo, permanentemente discutido.
El argumento ya expuesto de la censura que buscaba subordinar la
completitud de los escritos joseantonianos a la eficacia militar,
pudo, finalizada la contienda, dar paso a un nuevo tiempo editorial
liberado de reservas censoras. No fue así. Podría pensarse entonces,
en la etapa postbélica, en una razón de meramente técnica que
impidiese alcanzar una edición holista; la dispersión de los escritos
publicados, y la dificultad de acceder a documentos privados,
principalmente epistolares.
De ser esta limitación técnica la que explicase la incompletitud de
las primeras ediciones, la investigación progresiva de, por ejemplo,
Agustín del Río, la hubiese vencido finalmente. Tampoco fue así.
La explicación la da involuntariamente, el propio del Rio. Lo hace en
mitad de un cruce epistolar con el poeta y periodista, Marcelo Arroita-Jáuregui10, a raíz de un artículo de este demandando una nueva edición de las OO.CC. de José Antonio.11
El recopilador de la edición que se presenta, Rafael Ibáñez, da cuenta
de esta correspondencia en la página 12 de la introducción. Ambos
escritores –del Rio y Arroita-Jáuregui- coincidían en que “José
Antonio es una especie de servidor del Movimiento, cuyos textos se
airearán o se eliminarán conforme a las necesidades políticas de cada
momento”.
Esto es, los principales impulsores de la malograda edición de 1976
asumían la oportunidad de la censura política, bien en forma del robo
de Biarritz, bien en forma de la negativa de Pilar Primo de Rivera a
reconocer la existencia del punto 27, bien en forma de no atribuir a
José Antonio lo que Ramón Blardony escribía en 1939 acerca de lo que
pensaba el fundador de Falange del sistema capitalista.
Precisamente por no sucumbir a la tentación del escamoteo ideológico a
beneficio de inventario, Rafael Ibáñez nos propone en esta edición, la
más rigurosa de las OOCC de José Antonio Primo de Rivera.
Es fácil rebatir la conclusión de Ferrán Gallego (2007), de que el
único logro de Falange Española fuese la reconciliación estética entre
lo imperial y lo social, y que la Falange Teórica fuese rápidamente
desbaratada en su fácil captura por el franquismo. Bastaría para ello
rascar en los orígenes del estado del bienestar español para discutir
si la Falange Teórica sólo fue un concepto en el exilio, al que no se
admitió en el reino de la Historia. También habría que reivindicar
cual fue la contribución de la Falange a la reconciliación nacional,
incluso inmediatamente después de la victoria en 1939.12
En cualquier caso, las OO.CC. fueron siempre la esperanza y la
reivindicación de muchos falangistas, y en esto hay que reconocer su
rendición a la estructura mesiánica, y, en definitiva, a la confianza
en que la recuperación completa de las escrituras, traería bajo el
brazo –valdría decir bajo la solapa- aquella Falange Teórica a la que
se refirieron Ridruejo y otros.
No podría, no querría, terminar estas palabras, por mor de quien nos
acoge pero también por estricta justicia, sin recordar el artículo que
en Abril de 2003, en pleno centenario del nacimiento de José Antonio,
escribió el anterior y recordado director de esta Casa del Libro, el
poeta Antonio Rivero Taravillo. En el artículo, titulado “Los secretos
legisladores del mundo”13, el autor acaba preguntándose si la nueva
edición de las OOCC vería la luz en ese año. No fue así y han tenido
que esperar cuatro años más.
Rivero, reivindicando para José Antonio, el sustantivo de poeta que
aparcó su vocación literaria por la de la lucha política al frente de
la Falange Española, recordaba una demanda joseantoniana “¡ay del que
no sepa levantar; frente a la poesía que destruye, la poesía que
promete!”.
Esa demanda, ese reproche a quienes destruyen –por acción u omisión- a
quienes renunciaron al rigor joseantoniano frente al ad hocismo
político, lo asumo como propio, y por eso no puedo más que felicitarme
por esta edición de las Obras Completas de José Antonio.
1
Texto de la intervención en la presentación en La Casa del Libro
de Sevilla, el 22 de Junio de 2007, de la edición de las Obras
Completas de José Antonio Primo de Rivera a cargo de D. Rafael Ibáñez
Hernández. Plataforma 2003. Madrid, 2007.
2
Gallego, F. (2007): “A la sombra de una Falange en flor”. Revista de
Libros de la Fundación Caja Madrid. Nº 124. Abril. Pp. 13 a 15.
3
Sin extendernos, pues excede las pretensiones de este texto, Manuel
Penella sostiene en su reciente obra, que existió una Falange Teórica
(el término lo acuñó Dionisio Ridruejo), conceptualizada como un
movimiento de integración nacional y empresa de servicio, destinada a
la preservación de una España en peligro de fractura y en riesgo de
estancamiento. Esa Falange Teórica se contrapone, según la interesante
tesis de Penella, a la Falange que cayó en el escenario sucio de la
Historia. Vid. Penella, M. (2006). La Falange Teórica. De José Antonio
Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo. Ed. Planeta. Barcelona.
4
Nos referimos a la decisión del gobierno español de destruir la
edición de las OO.CC. editadas por el Instituto de Estudios Políticas,
apenas editadas –finalmente- en 1976.
5 Cfr.
Gallego (2007: 14). Sobre la aportación de efectivos por parte de la
milicia falangista a la guerra, resulta sumamente ilustrativo el
testimonio del II Jefe Nacional de FE de las JONS, Manuel Hedilla.
Vid. García Venero, M. (1977). Testimonio de Manuel Hedilla. Ediciones
Acervo. Barcelona.
6
El lector puede ampliar la información visitando
www.fundacionjoseantonio.es. El primer presidente de la misma fue el
periodista y sociólogo, Gustavo Morales.
7 Primo de Rivera, Miguel (1996). Papeles
póstumos de José Antonio. Ed. Plaza y Janés. Barcelona.
8
Un aspecto particular de esta propuesta de Gobierno de Salvación
Nacional puede seguirse en Cansino, De Lara y Orella (2004): Las
carteras económicas en el gobierno proyectado por José Antonio, en
Velarde (Coord.). José Antonio y la Economía. Ed. Grafite. Baracaldo.
9 Vid. Carbajosa, M. y P. Carbajosa (2003).
La corte literaria de José Antonio. Ed. Crítica. Barcelona.
10 En una versión preliminar de este
texto, confundíamos la opinión de Arroita con la de Enrique de
Aguinaga. Ha sido el propio Aguinaga quien nos sacó del error, error
grueso en cualquier caso pues Aguinaga reprochó la actitud censora al
propio de Agustín del Río. La labor de investigación y de divulgación
del pensamiento joseantoniano de Enrique de Aguinaga ha sido de las
más fecundas. Buena parte de su producción bibliográfica en este campo
ha sido editada por Plataforma 2003.
11
Arroita-Jáuregui, M. (1973): “Petición para un aniversario”. El
Alcázar, 20 de Noviembre.
12 Sobre la contribución de los
falangistas a la instauración del régimen constitucional, se ha
expresado recientemente un observador privilegiado de la época, Pep
Ribas, director de la revista Ajoblanco [Vid. Ribas, P. (2007). Los 70
a destajo. Ajoblanco y la libertad. RBA]. En cuanto a los primeros
ejemplos de promover la reconciliación nacional desde los sectores
falangistas del régimen, no debe ignorarse, a pesar de su escaso
estudio, el papel jugado por la revista Escorial.
13 Para muchos, este artículo se considera
el más lúcido de los publicados en 2003 extramuros del ámbito de la
estricta investigación historiográfica. Fue publicado originariamente
en el número 48 de la revista Mercurio, correspondiente al mes de
Abril de 2003, en las páginas 10 y 11. El propio Antonio Rivero acabó
dirigiendo esta revista años más tarde. El artículo fue reproducido
por la revista Altar Mayor, bajo la dirección de Emilio Álvarez Frías,
y puede consultarse en su edición digital. |