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Jaime Suárez
A las
palabras, precisas y documentadas, de Rafael Ibáñez Hernández, que
acabamos de escuchar, poco puedo yo añadir en cuanto a esta edición del
Centenario, que, gracias a su trabajo arduo y meticuloso, ya está en
el mundo de los libros.
Y en ese
poco que yo puedo añadir, haré, ante todo, tres precisiones:
1ª precisión:
Por fin ya disponemos del verdadero auto-retrato intelectual de José
Antonio. Y ello, en su versión más exhaustiva. En efecto, nuestra
Edición del Centenario recoge todos –he dicho todos- sus escritos y
discursos, los más conocidos y los menos conocidos, incluso algunos textos
hasta ahora inéditos.
2ª precisión:
Ello quiere decir que, también y por fin, ya disponemos de la versión más
auténtica de lo que su fundador quiso que fuera Falange Española. En
efecto, nuestra Edición del Centenario no sólo recoge todos sus
textos, sino que, además, todos han sido cotejados con su fuente original,
en cuanto ello ha sido posible. Incluso, cuando ha resultado necesario,
los textos han sido restituidos a su versión genuina y auténtica.
Esto, en cuanto al trabajo de Rafael Ibáñez Hernández, para el cual
–repito lo exhaustivo y la autenticidad- no hay reconocimiento ni gratitud
suficiente. Gracias, muchas gracias, Rafael.
Ahora, la última precisión: Ésta en cuanto a Plataforma 2003.
3ª precisión:
Esta Edición del Centenario ha sido publicada por Plataforma 2003.
Es decir, no ha sido hecha desde una institución pública, sino privada. No
desde una organización política, sino desde una asociación cultural. No
con dinero público, ni mediante subvención alguna, sino financiada
exclusivamente con nuestros propios fondos, procedentes de las
aportaciones voluntarias (cuotas y donativos) de nuestros asociados. Y
todo ello, siempre al margen de todo partidismo, contienda electoral o
afán de operación política alguna. Esto es muy importante y, por eso, debo
insistir en ello. Y una vez hechas estas tres precisiones, entremos en el
fondo de este asunto.
Esta Edición del Centenario se ha
hecho y ha sido posible (ahora y aquí, después de más de 70 años, de ellos
casi 40 en el poder) porque Plataforma 2003, o sea un puñado de mujeres y
de hombres bien escaso, se ha empeñado en recuperar a José Antonio Primo
de Rivera, ayer manipulado y hoy proscrito, para la memoria histórica de
nuestro tiempo. Y esta recuperación de José Antonio, -esta liberación
suya- de su actual secuestro en el silencio, víctima del más despiadado
olvido, cuando no de la mayor falsificación histórica-, siempre la hemos
entendido como la más alta tarea moral; que es lo que significa para
nosotros su justa restitución al patrimonio común de todos los españoles;
patrimonio común al que pertenece, sin discusión por su vida y por su
muerte. Insisto en lo del patrimonio común de todos los españoles porque
Plataforma 2003 no considera a José Antonio Primo de Rivera patrimonio
propio, ni “mío” ni “nuestro”, sino de todos los españoles, para los que
él trabajó y por los que él murió. Y vuelvo a insistir en que este puñado,
bien escaso todavía, de hombres y mujeres, que es Plataforma 2003, han
comprometido su nombre, su trabajo y su dinero para que los españoles,
todos los españoles, puedan –si, además, quieren- abrir una brecha de
serena atención a este egregio español, víctima, hoy como ayer, de la “saña
de un lado y la antipatía de otro”. Él,
que en su testamento se asombró de que aún, después de tres años, la
inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistiera en juzgarle y en
juzgar a Falange Española, “sin haber empezado ni por asomo a
entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima
información”. ¡Que diría hoy! Cuando más
de 70 años después, José Antonio es un absoluto desconocido, olvidado en
el más oscuro trastero de nuestra historia. Como el mismo dijo de su
padre, los que le quieren no le entienden y los que le entienden, -o
deberían entenderle porque para algo se auto-califican de profesionales de
la inteligencia-, no le quieren. Triste destino el suyo, que es el que
España, desde Túbal a hoy, reserva a sus mejores hijos, como cruel y
despiadada madrastra.
Y cuando, hoy, nos quitan sus estatuas, nos arrancan sus lápidas, nos
borran su memoria de edificios, calles y parques; cuando, incluso, se
discute el destino final de sus restos mortales, todavía en el Valle de
los Caídos; cuando todo eso sucede, Plataforma 2003 –insisto en que muy
pocos y con nuestro propio dinero, levantamos con esta edición del
Centenario un monumento imperecedero a su memoria.
Pero ¿por
qué?, ¿para qué? Pues, muy sencillo, porque con ello queremos decir a esos
compatriotas nuestros, -que vuelven a resucitarnos, hoy, la confrontación
fratricida de las dos Españas,- otra vez la sombra de Caín errante por
nuestra España-; podéis, arrastrados por vuestra ignorancia y por vuestro
odio, intentar borrar la memoria de José Antonio. Pero ya no lo podréis
conseguir. En efecto, ya no podréis evitar que algún día, en cualquier
lugar de España, algún muchacho español pueda volver a tener la
oportunidad de encontrarse con José Antonio en algún anaquel de una
biblioteca o en la estantería de una librería. Y, como nos pasó a nosotros
mismos, ese muchacho español al tener la oportunidad de leer, ahora o
mañana sus Obras Completas- ¡deslumbrante! dijo Rosa Chacel de
idéntica experiencia- ese muchacho español, cuyo nombre no conocemos en un
lugar de España del que tampoco nada sabemos, ese muchacho español, ganará
a José Antonio para su proyecto vital y, sin duda, le restituirá a su
lugar verdadero en la historia.
Nadie podrá ya evitar, en efecto, la posibilidad de que los jóvenes
españoles vuelvan a tener la oportunidad –algún día, próximo o lejano, no
sabemos dónde, cuándo, ni cómo-; nadie podrá ya evitar, que los jóvenes
españoles vuelvan a tener la oportunidad de encontrarse con José Antonio.
Y de conocerle tal como fue, y de saber lo que dijo y escribió y de poder
entender por qué y para qué lo dijo y lo escribió. Nadie podrá ya evitar,
que los jóvenes españoles, una vez que le conozcan, le quieran y le
entiendan. Como nosotros mismos le quisimos y le entendimos cuando le
conocimos. Y al encontrarse con José Antonio, hallarán en su figura, como
nosotros lo hallamos, el arquetipo de su vida y, en su afán de mérito y en
su ambición de excelencia podrán poner sus ojos y su corazón en él. Como
nosotros, un día ya lejano, los pusimos. En él, en José Antonio, como
autor de un proyecto histórico, vigente y en su realización temporal
todavía inédito, de reconciliación y resurgimiento nacional, superador de
nuestra secular caínita división en dos Españas, siempre incompatibles e
irreconciliables, mutua y recíprocamente excluyentes y, en ocasiones,
hasta dispuestas a su mutuo y recíproco exterminio, incluso físico. Ya lo
dijo el poeta:
Españolito que vienes
al
mundo, te guarde Dios.
Una
de los dos Españas
Ha de
helarte el corazón.
Lo mismo
da una que otra, nuestra izquierdas, siempre –ayer y hoy- insolidarias con
nuestro pasado y carentes de toda emoción nacional y nuestras derechas,
siempre –ayer y hoy- insolidarias con nuestro presente y carentes de todo
sentido social. Porque el “ser “derechista” como el ser “izquierdista”
supone siempre el expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir. En
algunos casos es expulsarlo todo y sustituirlo por una caricatura de la
mitad”. (9 enero 1936, O.C. edición del Centenario, pág. 1932).
Sí, y
esto hay que decirlo muy alto, si hemos editado estas verdaderas Obras
Completas de José Antonio ha sido para que a los españolitos que
vengan al mundo ninguna de las dos Españas ya les pueda helar el corazón.
Sí, si hemos editado las Obras Completas de José Antonio en su
Edición del Centenario para que los jóvenes, de hoy y de mañana,
algún día, en algún sitio, puedan llegar a saber que hubo una vez un
español, al que mataron sus propios compatriotas a sus 33 años, en plena
juventud, porque quiso que España pudiera llegar a ser, oíd esto bien, por
favor, “un país tranquilo, libre y atareado” porque quiso que todos
los españoles –he dicho todos los españoles, no sólo los míos o los
nuestros- pudieran gozar de “una vida en común, no sujeta a tiranía,
pácifica, feliz y virtuosa”, en el marco de una vida democrática –
Si, he dicho democrática, tal como el mismo lo dijo- “en el marco de
una vida democrática” `[repito] libre y apacible”, y en “un
país donde no prevalezcan los intentos de negar los derechos individuales
ganados con siglos de sacrificio”. Tales son, aunque muchos todavía no
se hayan enterado, las últimas y primeras palabras del proyecto político
de José Antonio en el que militamos: agosto de 1936 y 16 enero 1931 (O.C.
edición del Centenario) pp. 1540 y 179.
Y ésta es la distinción fundamental entre un joseantoniano y un camarada
nostálgico de la revolución pendiente, todavía hoy, 70 años después. El
nostálgico sigue pendiente de algo que entonces no se hizo (y que tampoco
puede saber si alguna vez se hará). El joseantoniano, que ama a España
porque no le gusta, y por eso cada día la ama más porque cada vez le gusta
menos, está triste hoy, no porque en su día –porque no se supo no se pudo
o no se quiso- no se hiciera la revolución, ni siquiera está triste hoy
porque en nuestro propio solar hemos quedado fuera y del orbe de nuestros
sueños han hecho criba; no, el joseantoniano está triste “porque otra
vez, como tantas en los últimos tiempos, vuelven a ponerse en azar
los destinos de España. Se dijera que pesa sobre nuestra Patria la
maldición de no llegar a ser una realidad, siempre en período de borrador
inseguro. Cada vez que ha parecido entreverse el resurgimiento de una
común aspiración nacional, pronto lo ha frustrado la pugna de unos
partidos contra otros”. (26 abril 1934. O.C. Edición del Centenario,
pág. 558).
Como ya quedó dicho, no se entenderá el proyecto político de José Antonio;
es decir lo que los fundadores de falange española intentaron que ésta
fuese, si no se le sitúa en ésta concepción de haber pretendido la
superación, mediante su síntesis de las dos Españas. Como el mismo lo dejó
escrito en su prólogo al libro ¡Arriba España! del malogrado J.
Pérez de Cabo (agosto 1935, O.C. Edición del Centenario pág.
1099): “... se nos ocurrió a algunos pensar si no
sería posible lograr una síntesis de dos cosas: de la Revolución –no como
pretexto de echarlo todo a rodar, sino como ocasión quirúrgica para volver
a trazar todo con un pulso firme al servicio de una norma- y de la
tradición -no como remedio, sino como sustancia; no con ánimo de copia de
lo que hicieron los grandes antiguos, sino con ánimo de adivinación de lo
que harían en nuestras circunstancias-. Fruto de esta inquietud de unos
cuantos nació la Falange. Dudo que ningún movimiento político haya venido
al mundo con un proceso de más austeridad, con una elaboración más severa
y con más auténtico sacrificio por parte de sus fundadores, para los
cuales -¿quién va a saberlo como yo?- pocas cosas resultan más amargas que
tener que gritar en público y sufrir el rubor de las exhibiciones”.
Esta, y no otra, fue la tarea histórica que ofreció José Antonio a su
generación: socializar a la derecha, carente de cualquier anhelo de
justicia social; y nacionalizar a la izquierda, falta de todo aliento
histórico. Y esta tarea, amigas y amigos, si que es la revolución todavía
pendiente.
Y esto enlaza con su tesis de España, siempre en período de borrador
inseguro. Os llamo la atención, ahora, a todos, sobre un texto
prácticamente desconocido de José Antonio, publicado en La Nación,
el 12 de junio de 1931 (Obras Completas Edición del Centenario,
pág. 197 y ss.) donde se hace el primer elogio que yo conozca del reciente
y ya famoso manifiesto de Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y Marañón.
Sabemos por los historiadores que José Antonio, -que fracasó con José
Bergamín, fundador de Cruz y Raya en su deseo de incorporarlo a su
proyecto-, sí tuvo éxito con Alfonso García Valdecasas, líder del Frente
Español, en la estela de la Agrupación al servicio de la República, que
fundara Ortega y Gasset con Pérez de Ayala y Marañón. Pues bien, en la
revista Boletín Sindical, y en su nº 15 (nº extraordinario con
ocasión del V aniversario de su muerte), Madrid, enero 1942, editado bajo
el título “José Antonio, Fundador y primer jefe de la Falange, capitán
de luceros, ¡Presente!, sin paginar, se publica un artículo, titulado
Cómo conocí a José Antonio en el que Elíseo García del Moral
detalla el nacimiento de Falange Española como fusión de Fascio Español (F.E.)
y Frente Español (F.E.). Y, como bastaría para demostrarlo la presencia de
Alfonso García Valdecasas en la tribuna del acto del Teatro de la Comedia
el 29 de octubre de 1933, el proyecto de José Antonio empalma directamente
con el proyecto político de Ortega y Gasset, desde su Liga de Educación
Política Española y su discurso en el mismo Teatro de la Comedia, Vieja
y nueva política, el 25 de marzo de 1914. En definitiva, José Antonio
retoma el proyecto de Ortega consistente en la creación de un gran partido
nacional, capaz de socializar a la derecha y de nacionalizar a la
izquierda. No se trata, pues, sólo de la influencia en José Antonio de
algunas Obras de Ortega como España invertebrada (1921) o La
Rebelión de las masas (1930), que también, sino de que José Antonio
asumió el relevo del proyecto de Ortega cuando éste lo abandonó con su
famoso “No es esto, no es esto” (9 de septiembre 1931)
Y esto, está explícitamente reconocido por José Antonio en su famoso
discurso pronunciado en el Cine Madrid, el 19 de mayo de 1935 (O.C.
Edición del Centenario, pág. 993) en el que, después de haberse
exigido “ya de cara a la Historia, un rigor de precisión y
emplazamiento, que e el deber mío”, dijo: “nuestro movimiento -y
cuando hablo de nuestro movimiento me refiero lo mismo al inicial de
Falange Española que al inicial de las JONS, puesto que ambos están ya
irremisiblemente fundidos) empalma, como ha dicho muy bien Onésimo
Redondo, con la revolución del 14 de abril. La ocasión de nuestra
aparición sobre España fue el 14 de abril de 1931”. “La alegría del
14 de abril, una vez más, era el re-encuentro del pueblo español con la
vieja nostalgia de su revolución pendiente”. El pueblo español necesita su
revolución y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931; creyó
que la había conseguido porque le pareció que esa fecha le prometía sus
dos grandes cosas largamente anheladas: 1.- La devolución de un espíritu
nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana,
de convivencia entre los españoles”. No voy a abusar de vuestra
paciencia citando más textos, que los hay y los conocéis, pero no puedo
evitar referirme a su Homenaje y reproche a D. José Ortega y Gasset
(Haz, nº 12, 5 diciembre 1935, O.C. Edición del
Centenario pp. 1225 y ss.): “No tuvo que
expresar a gritos el dolor de España –“acostumbro a gritar pocas veces”,
ha dicho- pero nosotros, los hombres nacidos del 98 acá, entendemos muy
bien el escozor entrañable que esconde la sobriedad castellana de sus
gestos. Acaso porque hallamos aprendido a identificarla en libros suyos...
D. José no quiso hacer de la política un “flirt”, pero se dio por
vencido. Cuando descubrió que “aquello”, lo que era, no era “aquello” que
el quiso que fuere, volvió la espalda con desencanto. Y los conductores no
tiene derecho al desencanto. No pueden entregar en capitulaciones la
ilusión maltrecha de tantos como le fueron a la zaga. D. José fue severo
con sí mismo y se impuso una larga pena de silencio; pero no era su
silencio, sino su voz lo que necesitaba la generación que dejó a la
intemperie. Su voz profética y su voz de mando”.
Y, ahora, ya podemos entender en toda su significación este otro párrafo
del discurso en el Cine Madrid el 19 de mayo de 1935: “Nosotros
frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de
abril, no podemos estar con ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un
propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque
nosotros, precisamente, alegamos contra el 14 de abril, no el que fuese
violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril, el que
frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso
nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo
que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo
tuvieron y abandonaron, y aquellos que no lo quieren recoger, el espíritu
revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por
las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la
justicia social profunda que nos está haciendo falta”.
Y ¿por qué esta larga digresión sobre el 14 de abril de 1931, como una
ocasión más también frustrada, y sobre la filiación orteguiana de la
Falange de José Antonio?
Pues, porque no se entiende nada si no se inscribe Falange Española,
primero, y Falange Española de las JONS, después, en el proceso histórico
concreto abierto por la proclamación de la II República el 14 de abril de
1931.
Y porque no se entiende nada si no se considera el proyecto político
concreto de José Antonio como un esfuerzo por intentar la rectificación, y
desde dentro, de las II República, de cuyo intento había desistido Ortega
y Gasset, cuyo relevo tomó José Antonio, -acompañado de Alfonso García
Valdecasas y Julio Ruiz de Alda el 29 de octubre de 1933, en el mismo
Teatro de la Comedia donde Ortega y Gasset inició su proyecto el 25 de
marzo de 1914-, con el propósito de evitar la frustración del 14 de abril
de 1931 como otra ocasión más perdida y procurar su desenlace en un
proyecto generacional de una España total, de todos, con todos, y para
todos los españoles.
Y ¿por qué se cuenta todo esto, hoy, en la presentación de nuestra
Edición del Centenario de las Obras Completas de José Antonio?
Porque, una vez fracasado el golpe de Estado del 17 de julio de 1936 para
la rectificación violenta de la II República, secuestrada por el Frente
Popular, -rectificación desde dentro: no hay ni un solo bando rebelde
declarando el estado de guerra que no termine con un Viva la República- su
conversión en guerra civil, nada menos que de tres de duración, significó
el fracaso total del proyecto de José Antonio de la definitiva síntesis de
las dos Españas en una empresa común. Porque, en efecto, nuestra guerra
significó la radicalización absoluta e incompatible de cada una de las dos
Españas. Ahora enfrentadas a muerte y dispuestas a su mutuo y recíproco
exterminio. Y, por ello, el posicionamiento de la Falange, por tantas
razones obvias absolutamente inevitable, en uno de los dos bandos, aunque
resultara el vencedor, esterilizó a la Falange para llevar a cabo el
proyecto de José Antonio de reconciliación de las dos Españas y nuestro
resurgimiento en una común aspiración nacional. Y esto debió ser la última
y más amarga reflexión de José Antonio al amanecer del 20 de noviembre de
1936, frente al pelotón de su fusilamiento. No es, por lo tanto, que la
Falange desapareciera con José Antonio en Alicante el 20 de noviembre de
1936. Una vez fracasado el golpe de Estado e iniciada la Guerra civil, la
Falange ya había perdido toda viabilidad histórica de realizar el proyecto
de José Antonio: su pretendida síntesis de las dos Españas. Y, desde
entonces, y gracias a su significativa participación en la victoria del 1º
de abril de 1939, la Falange es considerada, por unos y por otros, como la
más genuina expresión de una sola de las dos Españas, la que llamó Julián
Marías la “injustamente vencedora” frente a los “justamente vencidos”.
Y digo todo esto, hoy y aquí, en la presentación de nuestras Obras
Completas, porque estamos, hoy, ante la misma situación, entonces, que
José Antonio. Él, ante el 14 de abril de 1931. Nosotros, ante el 6 de
diciembre de 1978. Quien quiera saber qué se puede hacer hoy para intentar
la rectificación “desde dentro” del actual régimen constitucional, tendrá
que partir de la experiencia histórica de José Antonio y proceder a su
relevo, como él lo hizo con Ortega y Gasset. Porque lo cierto es que
España sigue en borrador inseguro, que, hoy, todo es posible, incluso la
desaparición de España como nación y Patria común de todos los españoles.
En efecto, hoy estamos ante el 6 de diciembre de 1978 como ante otra
ocasión histórica más a punto de malograrse. Pues ¿dónde está esa “vida
en común, no sujeta a tiranía, pacífica, feliz y virtuosa” que “en
el marco de una vida democrática, libre y apacible” haga de España “un
país tranquilo, libre y atareado”, donde “no
prevalezcan los intentos de negar los derechos individuales, ganados con
siglos de sacrificios”.
Por eso los joseantonianos, como dije antes, estamos tristes, porque vemos
cómo se nos va España y no contamos con José Antonio entre nosotros. Por
eso editamos su Obras Completas para saber lo que
necesitamos y no tenemos, lo que no tenemos, al menos, todavía. Y por eso
aspiramos a la recuperación histórica de José Antonio: Para traerlo hasta
nuestro presente y con su magisterio –su jefatura ya no es posible: no hay
jefes muertos- nos ilumine, que falta nos hace, a todos los españoles.
Aspiramos, pues, a que la lectura directa de sus escritos y discursos,
ahora ya por fin disponibles, permita a todos, sin excepción, conocer su
auténtico retrato intelectual y su, todavía inédito, proyecto total para
España. Y, así, una vez salvada su memoria y restituida la verdad
histórica sobre su vida, pensamiento y obra, quede recuperada la figura de
José Antonio para el patrimonio cívico y patriótico común de todos los
españoles. Esta recuperación significaría, por lo pronto, conseguir, hoy,
la plena vigencia de su afirmación de la primacía absoluta de lo
espiritual. Única base y fundamento real de toda exigencia de libertad,
dignidad e integridad de la persona, para cuya plena realización, en un
mundo más justo de verdadera igualdad de oportunidades el reclamó una
cultura del esfuerzo, del mérito, servicio y ambición de excelencia. Esta
recuperación también significaría que más allá de partidistas banderías
políticas, resultaba vigente su idea, reiteradamente proclamada, de la
suprema realidad irrevocable de España –plural, si; pero, sobre todo, una-
como Patria común e indivisible de todos, contribuyendo así al necesario
rearme patriótico, que no patriotero, frente a la creciente subversión
separatista. Y conseguir, con todo ello, que nos sea devuelto el noble
orgullo y la alegría de ser españoles. La recuperación histórica de José
Antonio, tal y como la pretendemos, permitiría, además, su ofrecimiento a
todos los jóvenes –cuyo proyecto vital no esté limitado por un horizonte
material de egoísta codicia- como ejemplo sugestivo paradigma y arquetipo.
Y, por último, pero no lo último, todo ello serviría para que quedara
garantizado el cumplimiento de su última voluntad: que no haya nunca más
sangre española vertida en discordias civiles. Dios nos oiga. Amén. |